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jueves, 16 de mayo de 2013

El Otorgamiento


El otorgamiento.
El ágape, amor de principio y sacrificial en la comunidad cristiana
(primera parte) 
                                          Por Estephanos, colaborador
Introducción:
En el encuentro con Dios, al realizar la creación de la nada, su obra obedeció instantáneamente. La Madre Angélica fundadora de los franciscanos de la Verdad Eterna dice que: “somos una raza extraña”, nos cuesta ver a Dios, y no nos contentamos, sólo vemos lo que queremos. Desde hace miles de años, los intentos del humano de aceptar la voluntad de Dios a fracasado. Hay antecedentes de personas de buena voluntad que buscaban al Dios verdadero, en un monoteísmo alejado de lo mágico, por ejemplo el faraón….y personas que incluso predicaban en Roma, en Jerusalén  con una doctrina mezclada con lo esotérico y gnóstico. Incluyo las leyes civiles tiene su origen en los fines esenciales del hombre es decir inscrita en la conciencia, en el cumplimiento moralmente obligado. Estos fines han sido señalados al hombre por su Creador. Le son dados con su naturaleza y se le ha de pedir cuenta por Dios de cómo los haya cumplido: por ello puede decirse que el derecho tiene, en último término, su origen en Dios. En la 1 carta de San Pablo a San  Timoteo  capitulo 5, versículo 6, se utiliza la palabra “thnesko” que metafóricamente denota pérdida de la vida espiritual. Para evitar ese deterioro, contamos con la ayuda de los sacramentos, en especial la Divina Eucaristía.
Nótese que el fin es aceptar la voluntad de Dios, que es lo que mas nos conviene, para nuestro beneficio e instrucción y vida de bendición, el adorar a Dios es un fin en si mismo y es inseparable de la alabanza y adoración.

                           El Dios que se hace cercano a nosotros y se deja atrapar 

En el amor del antiguo testamento El Dios que exige devoción exclusiva y es dueño de un pueblo en este caso Israel, el mas pequeño e indefenso, les ofrece  un código de ley,   un ayo, para saber en como deben actuar   en manos de Moisés. Ahora con la autoridad de caudillo y conductor,  Dios lo acentúa en la protección de  la más alta moralidad al establecer el Decálogo: El es Santo, y exige santidad, además de ejercer la caridad al forastero, a la viuda, incluso a los animalitos que pastaban, esa caridad exige que no  tendría que haber pobres en Israel. Eso es recuperar el  "ethos", lo fundamental de la enseñanza de Cristo, esto es: la ética del amor, predicada por Francisco De la Caridad
En la Nueva Alianza, se resalta por  la Encarnación del Verbo, el amor de misericordia,  que abraza, el amor es  sacrificial, donado y dado por generosidad del Padre, ese Dios que no se cansa de perdonar y que nos imprime en nuestra conciencia la ley moral natural para saber lo bueno de lo malo. La obligación de amar a nuestros semejantes como a nosotros mismos, porque están hechos a imagen de Dios, va más allá, tomando en cuenta el destino eterno de la persona humana, sólo así se cumple la verdadera justicia divina, observando el Reino de Dios y sus santas obras, y lo demás viene por consecuencia, (Comparece  con San Mateo 6,33 y San Juan 15,12-14) superando al antiguo pacto, cuyas leyes están  fundadas meramente en la naturaleza óntica (que se refiere al ente mismo del hombre), del hombre, cuya exigencia se satisface dando o restituyendo a cada uno lo suyo. Aquí la justicia es  sin caridad, es retributiva. Sin embargo Cristo  deja, no una sugerencia, sino un “mandamiento” y  es “nuevo” en el sentido  del amor al prójimo, con la “parábola en acción” del lavatorio de los pies, les  enseñase la caridad.
   Y este mandato de Cristo es “nuevo,” porque no es el amor al simple y exclusivo prójimo judío, cómo era el amor en Israel (cf. Lev 19:18), sino que es amor universal y basado en Dios: amor a los hombres “como Yo (Cristo) os he amado.” Y será al mismo tiempo una señal para que todos conozcan que “sois mis discípulos.” ¡Los discípulos del Hijo de Dios que es don de Cristo. Y así la caridad cobra, en este intento de Cristo, un valor apologético. Tal sucedía entre los primeros cristianos jerosolimitanos, que “tenían un solo corazón y una sola alma” (Hechos de los apóstoles 4, 32). Recuperar el concepto de “don”. El mundo adolece,  quiere ya  el tener, y la ingratitud no le debe nada a nadie.
Dios no se olvida de nosotros, tal vez estemos alejados, enojados, no preparados para recibir lo que queremos. La paternidad espiritual comienza en casa, en el hogar como iglesia doméstica, decirle a Dios “te amo y necesito”, las jaculatorias, el rezo del komboloy. Lo que a Dios no le enfada   es ser exageradamente agradecidos, en el carisma que Dios ha despertado en nuestro corazón. Ese carisma se riega, se abona, se cuida del sol, de la sombras para  que reciba la temperatura apropiada. Como sacerdotes reyes y profetas, desde el bautismo damos la excelencia a Dios que nos pide prestado y nos devuelve con demasía. El amor  que se desprende de la Iglesia enfatiza una revelación natural en armonía con la Gracia revelada, la Fe y las buenas obras.
El cansancio, la perdida del sentido, de la búsqueda, o el preguntarse cual es el sentido de la vida, hace que uno se pare en una baldosa y se pregunte en su interior ¿estoy agradando a Dios y como lo  hago?
La pregunta sencilla en si, encierra sinceridad, por que la medida es Cristo, lo que  le agrada a Él, no ha nosotros, esa estatura, la fortalecemos con la armadura espiritual, el yelmo de la salvación, con la espada del espíritu, la coraza de la fe, para protegerse de los dardos del malo. En este mundo o mejor dicho la gente, los que se alejan de Dios en  una despersonalización,  en un individualismo,  y espíritu laical…… se implora por una comunidad que atienda las necesidades espirituales de las personas, respetando siempre al señor párroco de la ciudad.
La Santa Iglesia como madre y maestra, obediente, por la mente apostólica y  conciliar del papa y sus patriarcas aceptan la comisión del mandato  de dar a conocer a Cristo, y el plan de salvación. Nuestra primera apóstol es la mujer Samaritana, que creyó y dió un testimonio convincente en la roca de la fe de los discípulos, la de la Virgen  María Doncella  estuvo siempre al lado de la Cruz: “Hagan lo que El les diga”,   la del Centurión  romano, que se contentó con aceptar su limitación e impotencia y reconocer ante quien estaba “El Maestro”,   las  palabras al maestro  “ordena y se cumplirá”, nos llena de admiración,   la de la sirio fenicia  que rogó de  lo mas profundo,  por una curación y el Señor la escuchó y le concedió su pedido, muy pocas veces el Señor no se queda con la palabra última.  La aceptación del mensaje del Kerigma indica de antemano la universalidad de la Iglesia.
Siempre los milagros y signos que como prodigios realizaba el Señor, es para conformación del cumplimiento del antiguo pacto. La dirección vital y práctica constituye el rasgo característico de la sabiduría instructiva del Antigua Alianza
Pero lo más importante es oír el Evangelio  y aceptarlo. Lo que salva es oír la palabra y aceptar a Cristo como salvador, es la primera función ministerial, para recibir el santo bautismo y sacramentos. Las sagradas Escrituras  ven la verdadera sabiduría en una humilde devoción a Dios ante pesados sufrimientos sin culpa, y en la comprensión, que es imposible conocer los caminos Divinos. Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré ahí. Dios dio, y Dios quito, se el nombre de Dios bendito... recibiremos de Dios el bien y el mal no lo recibiremos?” (Job. 1:21, 2:10). Así es la sabiduría del virtuoso Job. Pero no hay sabiduría en las construcciones dialécticas y lógicas de sus amigos; y justamente no hay, porque ellos con aplomo se consideran capaces de comprender los pensamientos de Dios. Ellos tienen lo que se puede llamar el racionalismo sobre la base religiosa. Les fue dicho, de pedir perdón a Dios, a través de Job.
Aprendemos que el amor que se propaga en el evangelio tiene como fin sacar a luz la misericordia, a diferencia del amor del Antiguo Testamento que era jurídico y legalista en la idolatría de Israel

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